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Una abeja cuando leo a Philip Pullman

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Gira en el suelo del balcón, busca la altura, zumba, se agita ¿Estará llegando al final de su último día? Frenética traza líneas invisibles en las baldosas. Alejo mis pies ¿Habrá fabricado su cuota de miel de hoy? Antes de que llegue la lluvia la levanto con un lápiz, cae y se aleja volando. - escrito en un libro un minuto antes de que anochezca-

Una buena ración

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  Oliver leyó el mensaje una vez más: "Cena el sábado a las 10, en lo de Ava. Si querés trae vino, yo llevo a David. Abrazos, Lauren”. Había estado sin ganas de nada toda la semana, no le vendría mal un rato con sus amigas y una comida agradable.   A las 8 se empezó a preparar. Se duchó más a prisa que de costumbre, apenas si se tomó tiempo para disfrutar el agua fría que recorría su espalda morena. Se peinó antes de vestirse, o eso intentó, nunca lograba controlar sus rizos negros. Se miró en el espejo, tan mal no estaba. Se puso un pantalón de terciopelo cobalto y, mientras abrochaba los botones de esmeralda de su camisa, intentó recordar cuál de los chicos de Lauren era David. ¿El pelirrojo? No, ese era de Ava. David era el rubio. No. Rubio era el de la cena de cumpleaños de Ava. Entonces David... ¡Claro! David era el alto de ojos azules que siempre usaba un sombrero de terciopelo verde y olía a canela.    Llegó unos minutos después de las 9. Le gustaba pasar un ...

La siesta

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  “Ni se les ocurra andar saliendo ahora que es hora de siesta”, les había dicho abuela Cala como tres veces esa tarde. Se quedó esperando a que terminaran de comer y hasta vigiló que se metieran en sus cuartos mientras les decía una y otra vez que la siesta era hora del Yasí Yateré, que andaba silbando afuera, y que ni se les ocurriera salir o se los iba a llevar. Tacu cerró la puerta de su cuarto para no escucharla más. Y esperó.   La casa estaba en silencio cuando Tacu despertó al Flaco   -Dale, che, vamos.   -Pero la abuela dijo...   -Son todas boludeces de los grandes, dale que no pasa nada.   Salieron con las zapatillas en la mano para no hacer ruido. Una vez afuera se calzaron y echaron acorrer hacia la canchita del baldío que estaba detrás de los Requena. Ni un alma había en la calle, todos en el pueblo dormían, o aguantaban el calor de la tarde en la sombra de sus cuartos.  Tacu se había traído la pelota buena para estrenar y un pedazo de pan...