La siesta
“Ni se les ocurra andar saliendo ahora que es hora de siesta”, les había dicho abuela Cala como tres veces esa tarde. Se quedó esperando a que terminaran de comer y hasta vigiló que se metieran en sus cuartos mientras les decía una y otra vez que la siesta era hora del Yasí Yateré, que andaba silbando afuera, y que ni se les ocurriera salir o se los iba a llevar. Tacu cerró la puerta de su cuarto para no escucharla más. Y esperó.
La casa estaba en silencio cuando Tacu despertó al Flaco
-Dale, che, vamos.
-Pero la abuela dijo...
-Son todas boludeces de los grandes, dale que no pasa nada.
Salieron con las zapatillas en la mano para no hacer ruido. Una vez afuera se calzaron y echaron acorrer hacia la canchita del baldío que estaba detrás de los Requena. Ni un alma había en la calle, todos en el pueblo dormían, o aguantaban el calor de la tarde en la sombra de sus cuartos. Tacu se había traído la pelota buena para estrenar y un pedazo de pan por si le daba hambre. Ninguno de los dos había traído agua.
Tacu pateó la pelota a penas con la punta sucia de su zapatilla por quinta vez. Rodó tan lento que se sentó a esperar a que llegara al arco done estaba, también sentado, el Flaco. La pelota no volvió, se quedó varada contra los pies del Flaco. El calor empezó a gotear por la espalda de Tacu, ya no le quedaba pan y tenía sed.
- ¡Che, pasá la pelota! - le gritó al Flaco que ahora se había acostado sobre la tierra seca.
No hubo respuesta.
- ¡Dale, boludo, mové orto y pasame la pelota! - Nada.
Miró al cielo, ni una nube. Si estuvieran Chilo y la Nita estarían gambeteando a lo loco, pero el Flaco era lento para los deportes. Era lento para todo. El viento caliente de la tarde le echó tierra en los ojos, se limpió fastidiado y se tiró él también de espaldas sobre el suelo ¿Para esto habían salido de la casa esquivando la siesta de la tarde? Se había ganado que abuela Cala lo castigara ¿para estar cargándose de calor sin poder jugar? ¡Y al Flaco le había dado por tirarse hacer la siesta, era la última vez que lo invitaba a jugar! La próxima que se jodiera, y que mamá protestara todo lo que quisiera, con él no se lo llevaba más.
Sintió un golpe suave en el pie. Le pareció escuchar que el Flaco le decía algo, pero no levantó la cabeza para mirar.
-Ya fue, Flaco, ni ganas tengo de patear la pelota ahora.
Otro golpe. Más fuerte, algo frío y casi blando.
-No jodás, Flaco, ahora jugá solo.
Nuevamente sintió un sacudón, algo que le agarraba las piernas y lo tironeaba. Está vez escuchó clara la voz del Flaco, demasiado cerca de su oreja, como un viento helado que se le metió adentro.
-Levantate, pelotudo, que me morí.
Se incorporó de un salto, medio embotado por el calor, medio furioso por la insistencia. Y corrió hasta el Flaco.
-Si seguís jodiendo te voy a...
El Flaco miraba al cielo, pero no veía. Los ojos abiertos como dos lagos secos. Tacu le dio una patadita en el costado, ni un movimiento.
-Dale, boludo- Susurro a penas
Nada. El Flaco boca abierta hacia el vacío. Quieto. Frío. Lo único frío en la tarde.
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